La creatividad se alimenta del estado de animo.

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El dedo de Dios

Siempre de pequeños, para los que nacimos de padres tradicionales, se nos enseñó que nunca debemos señalar a la gente, porque en primer lugar, es de mala educación y en segunda solo Dios es quien juzga.

Crecimos con esa idea, pero al transcurrir los años, comprendemos que no siempre es así; en el colegio, en el trabajo, donde quiera que fuéremos, existirá  un dedo acusatorio que nos señalara y nos etiquetara.

 

Si hacemos lo correcto nadie lo notara, pero en caso de hacer algo incorrecto para la sociedad o la familia, jamás será olvidado, tratarán de divulgarlo y nuevamente seremos foco de atención para el mundo.

En nuestra colonia, ¿cuántos de nosotros sabemos los nombres de nuestros vecinos? Tal vez sepamos de un par, pero todos los demás, los identificamos por sus apodos y si una persona ajena nos pregunta por tal vecino, no sabremos dar razón porque ignoramos su verdadero nombre.

Haciendo una comparación, en el trabajo, la escuela, entre los amigos; sólo nos referimos a los demás por el sobrenombre de “wey” y otras formas más vulgares, quizá porque es más fácil y cómodo, probablemente hemos de pensar “que flojera aprenderme tantos nombres” y es válido pero ¿Dónde queda lo que nos enseñaron de niños?, resulta decepcionante y confuso pero así es nuestra sociedad mexicana y hay que adaptarnos.

El dedo de Dios siempre ha estado presente y actualmente está más marcado; con el simple hecho de ser madre soltera, ser parte de la sociedad LGBT, tener un nombre extranjero, ser alto, delgado, obeso o de baja estatura, es objeto de burla, de señalamiento y de discriminación.

Y nadie se salva del dedo de Dios, pero podríamos quitarle poder a esos prejuicios, a ese afán de etiquetar y de ofender.

Pongamos retos, todos los días por un mes, ser cordiales, ayudar a nuestros amigos y vecinos, en actividades que podamos hacer, demos los buenos días y saludemos con una sonrisa a todos los que pasen frente a nosotros. No importa que piensen que estamos locos, a alguien le alegraras el día y ese alguien le alegrara el día a una persona más, aportando un granito de arena al mundo, sea poco o mucho, empezamos a hacer el cambio.       

  

Tengamos iniciativa, dejando de juzgar y señalar, enfoquémonos y  utilicemos nuestra creatividad para aportar a nuestra persona y a los de nuestro alrededor a ser estables y cuando ese día llegue seremos parte del evolución de valores y conciencia que al mundo le hace falta.


Escrito por:

Licenciado en Psicología

        Uriel Gutiérrez Sánchez

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